lunes, 6 de octubre de 2014

Menos donaciones de sangre, por favor

Dicen que uno es, en esencia, la suma de sus partes. Y que tanto tienes, tanto vales, aunque hay gente que vale mas por partes que a granel o si no que se lo digan a Nacho Vidal.
Si sumamos todas mis partes, en el orden que se quiera, porque el orden de los factores no altera el producto, el resultado no es malo, pero tampoco es de película. Sin embargo el otro día algo cambió. Algo que no me atrevo ni a contar, no vayáis a reíros de mi.
El caso es que el otro día hice algo que no debí y hoy, lo que realmente me apetece es que me den una tarjeta de crédito, sin límite y sin control. Si es de color negro, mejor y si no, que al menos sea “opaca”.

Me apetece un coche oficial, con chofer. Joder, me gustaría alguno del garaje del hijo este del señor ese que se parece al maestro Yoda. ¡Un Ferrari mismo!.
Quisiera tener un ático de 300 m2 en Marbella y un palacete en Palma de Mallorca. Me gustaría un trabajo cualquiera, como director de una caja de ahorros mismo, con un sueldo modesto y unas indemnizaciones modestas, que no pasen de las 7 cifras para que la gente no lo vea obsceno.
Y no me importaría un comodín del gobierno, de esos que le llaman “indulto”, como el que otorga Jesús “El Rico” el miércoles santo en mi Málaga. Solo por si acaso.
Pues todo esto empezó el miércoles. Yo antes no era así, lo prometo. Desde el miércoles me siento así, tan Ignacio González, tan Ildefonso Sánchez, tan Oriol Pujol, tan Jaume Matas o tan Jose Luis Pego.
Y el caso es que lo que me hicieron el miércoles fue una simple transfusión de sangre, pero algo se sumó a mí.

Hoy en día hacemos el screening de la sangre para la hepatitis, el VIH… pero no nos hemos parado a pensar que todos estos figuras han podido ser donantes y alguno de nosotros, receptores de esa sangre tan contaminada.

Creo que deberíamos negar por ley a nuestros gestores y a nuestros políticos, toda posibilidad de donación. Pueden seguir chupándonos nuestra sangre, pero que no donen la suya, o acabaremos por ampliar el territorio andorrano para que quepan nuestros ahorros.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Mi hijo se mea en mi


No, no se trata de algo escatológico o "enurético". Se trata de como un niño de 6 años acaba de cargarse y sin saberlo además,  la moral y el orgullo de su pobre padre, que solo le saca 34 años de experiencia.
Nunca me he creído un hacker ni un experto informático, de esos que están ahora tan de moda que les roban las fotos a las famosas como Cristopher Carney.
Mas bien he sido un aficionado a la informática, un vecino de cabecera o simplemente un tipo tocón que ha aprendido a base de golpes y de formatear un centenar de veces los diferentes ordenadores que han poblado su casa.
Pero bien, el mundo ha cambiado. El mundo es de los niños. El mundo es digital y táctil. Los niños creen que todo es táctil ahora y ven con recelo que la television del salon que tiene dos años aun no lo sea, o que haya en el garage un ordenador con cables y una torre. Una torre, para que? Si todo se guarda detrás de la pantalla, papa!.
Centremos el tema: Colegio-Proyecto-Tablet-Niños. Creo que todos los que hayáis pasado por una situación parecida, sabréis de lo que hablo.
En un intento de no comprar una tablet nueva para el niño hasta ver como se desarrolla este proyecto, cedo en la posibilidad de dejarle mi iPad.

¡He dicho mi iPad, con mayúsculas!.
Hoy en día, dejar el iPad es como prestar a tu novia, a tu mujer, abrir el cajón de tus mas inconfesables secretos, sacar el baúl con las fotos, mostrar tu agenda, tus mensajes. Bueno ya me entendéis...
Para no borrar toda esta información, con el miedo de no volver a poder recuperarla en su totalidad, me afano en recabar de la red, gente con mi mismo problema. Muevo todos mis hilos, los foros, los contactos de todas las redes sociales en las que me manejo, tutoriales, videos y hasta escribo a la casa madre: Apple.
El caso es que me informan que no es posible la censura en mi iPad. No es posible poner una clave a una aplicación o carpeta, mas allá de la clave que te pide la máquina cuando la enciendes, pero claro, esto no es suficiente para limitar el acceso a todas mis cosas.
Finalmente cedo al pequeño demonio que todos llevamos a un lado de la cabeza y con breves tutoriales soy capaz de deshacer ese cordon umbilical que mantiene mi iPad inexorablemente unido a la App Store en exclusiva y donde no me han dado solución a mi problema.
En los mercados secundarios consigo una aplicación que me da todo lo que le pido, un poco de protección basada en una clave numérica de 4 dígitos. Son diez mil combinaciones de suficiente seguridad (para un niño de 6 años) para añadir a mis fotos, a mis aplicaciones y a mi correo.

Como en el fondo conozco a mi hijo, no en vano es sangre de mi sangre y sé como piensa, lo que yo hubiera hecho es ir probando combinaciones hasta dar con la clave. Es por esto que como uno suele empezar bien por el principio o bien por el final, la combinación de 4 números estaba mas bien centrada en la mediana (chascarrillo estadístico que solo entenderán unos pocos).
Pues bien, el primer día que se lleva el maldito artefacto al colegio ya ha vuelto desbloqueado y jugando al Fifa 14 con total impunidad. Es mas, el canalla ha estado jugando con sus amigos y ha debido ser el hombre del día en el recreo.
En fin, solo me quedan tres cosas por hacer. Una sería borrarle todo y ceder a su superioridad. La otra sería premiar su constancia y su labor y dejarle el juego. ¿Que me aconsejáis?
Creo que lo tendré que cambiar de colegio.